RUTA POR MARRUECOS 2: UN VIAJE DE CONTRASTES

HACIA LAS MONTAÑAS DEL NORTE

Boulmane Dades (1.580 m.) supuso el giro brusco
de la carretera hacia el norte y las montañas. La pendiente aumentó, las casas menguaron y el trazado sinuoso se fue encajonando cada vez más entre los dos ancos de piedra rojiza levantados sobre el fondo verde del valle.
Cuatro días atravesando el Atlas iban a dar mucho de sí. Al principio nos elevamos a lo largo de amplísimas curvas, que más adelante tomaron la forma de requiebros en zigzag. A 2.000 m., el sol dejó de calentar y remontamos un puerto de curvas pronunciadas que nos elevó de nitivamente sobre el lecho del río. A nuestros pies quedaba el cañón profundo excavado por el uir del agua y los siglos. Perdimos altura hasta Msemrir, un centro económico de pocas casas y un mercado porticado más grande que un campo de fútbol. Comimos copiosamente y compramos dos panes enormes y latas de conservas: en adelante, el asfalto daba paso a la piedra y a lo desconocido. Lo que veríamos a continuación fue fascinante.
Lej
os de adentrarnos en parajes desiertos, rodamos por un valle largo y ancho a más de 2.000 m. salpicado de poblados de adobe junto a un río que estallaba en cultivos y verde. La quietud era tal que lo único que marcaba el paso del tiempo eran los crujidos de la tierra bajo los neumáticos. Pasados 100 Km., sólo encontramos albergue en la trastienda del único colmado de Tilmi, un pequeño pueblo agrícola. En el frío del anochecer cruzamos a pie el río hasta el promontorio de casas de adobe, donde grupos de mujeres adornadas con tatuajes bereberes conversaban animadamente arrebujándose en sus túnicas coloreadas, al abrigo de los muros, quizá en el único descanso del día.

Al día siguiente, mientras reptábamos por las rampas de Tizi-n-Ouano (3.000m), las vimos hundirse en los lodazales de los campos con niños por mochila, o carretear pesados fardos de hierba, mientras hombres tumbados entre las rocas, controlaban rebaños de cabras y ovejas. Ambos tenían una mirada honda y directa, un espejo que re ejaba lo duro de vivir casi donde las aradas eran aún de madera y las casas, de barro.
A uno y otro lado del collado los niños nos asaltaron como si en las alforjas tuviéramos tesoros. Lo dejaban todo para venir a nuestro encuentro, a veces para tocarnos la mano, casi siempre para correr a nuestro lado al grito implorante de “¡monsieur, bombon!”, “¡monsieur, stylo!”, “¡monsieur, un dirham!”. Fue una constante, oíamos su respiración jadeante y el rechinar de las piedras bajo sus pies a veces descalzos. Refugiados tras gafas de sol, veíamos la angustia en sus rostros al abandonar la persecución. Algunas preguntas pecarían de ingenuas: ¿por qué niños de apenas 8 años nos tironeaban los guantes?, ¿por qué, siendo tan pequeños, algunos nos despedían
con palabras y ojos inundados de rabia? Cicloturistas, sí, pero europeos como los viajeros de 4x4, como los motoristas. Entre campos arados aún por animales, paseábamos máquinas de tecnología avanzada al servicio del placer.
La mística de la aventura rebosa con frecuencia de sudores y sensaciones vibrantes. Imágenes sesgadas, deformes. Contra la imagen del t
iempo que se detiene, de los paisajes de ensueño, de la vida sin atascos, el recuerdo del pastor joven pero de piel ya agrietada por el clima duro. Se nos acercó mostrándonos sus manos: pedía sólo una pomada para deshinchar sus dedos deformados por heridas aún abiertas. Entre Imilchil y Toun te pedaleamos entre cedros grandes en un valle estrecho cuyo río devoraba la pista obligándonos a hundirnos en el agua hasta los ejes. Nos cruzamos dos veces con el rosario de 4x4 que escoltaban el gobernador de la provincia, en visita o cial un día después de que lo hiciera el propio Mohamed VI, en su esperada gira por el sur. Policías, políticos y militares de gala eran aclamados por los campesinos entre el ondear de centenares de banderas rojas apostadas entre las casas. Incluso los niños llevaban sus mejores ropas.
El guía de montaña que nos acogió muy amablemente en su casa de Imilchil, nos cantó las excelencias del monarca: a su paso, dijo, llegaban ayudas muy necesarias. Aziz, el guía, nos tradujo las noticias donde el líder político y espiritual del país aumentaba su popularidad a golpe de talonario. Bueno, al n y al cabo, eso puede que no sea tan singular.
Aconsejados por Aziz, decidimos no tomar rumbo a Fez, sino rodar al este para cruzar el Cirque du Jaffar, el hueco dejado en la roca por la ausencia de un antiguo glaciar circular.
Para llegar a él, avanzamos penosamente entre encinas, por pistas lentísimas, sendas irregulares que impedían pedalear cómodamente. Vimos casas aisladas en el bosque, remontamos pendientes infernales, nos deslizamos durante quilómetros a 50 Km./h., apretando los dientes. Midelt fue el nal del viaje en bici, un pueblo grande, con zoco, cafés, hoteles, calles comerciales, comida ambulante en las calles. El regateo perdido en Marrakech reapareció con virulencia en la estación de autobuses. Montamos en uno de ellos y cruzamos el At
las Medio, cedros por n apretados, estaciones de esquí, pueblos crecientemente grandes, de nuevo colmados clónicos salpicando la carretera. Tras todo un día de viaje para poco más de 200 Km.,nos perdimos en las arterias en ebullición de la antigua medina de Fez. Curtidores, artesanos, vendedores a la caza de un turismo que se agolpa en las puertas de la muralla. En su interior una malla densa de visiones: un anciano transportando lecheras con el esqueleto sin frenos de una vieja moto, un mercado de verduras, el olor a especies, un zoco, un laberinto de calles, minaretes llamando a la oración, la picaresca, comida en la calle, el movimiento, los gatos de las carnicerías, el barrio afrancesado… todo eso y lo anterior: las montañas, el verde, los ríos, los valles y sus habitantes, se alejaron a espaldas del avión, de vuelta a casa. De nuevo en Girona, el trá co ordenado, la seguridad social, el olor a sobaco del metro, la nevera repleta. Ambos países tienen monarquía y parlamento. Cerca y lejos, dos palabras que al caer sobre Marruecos se enroscan como los brazos espirales de una galaxia de contrastes.

Visto en: El Mundo de la Mountain Bike

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